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El mío es un buen trabajo. Son ya cinco lustros en esta tarea de contar cuentos para todo tipo de públicos y en cualquier espacio donde se pueda escuchar convencido de que escuchar cuentos puede ser una experiencia que no es comparable a ninguna otra.

Me gusta contar historias populares, los cuentos que se contaban en casa cuando los abuelos eran niños. Oídos nuevos para viejos cuentos. Esa enorme variedad de historias contienen algo que creíamos olvidado, o destinado a antropólogos o folcloristas, pero que sigue teniendo vigencia, porque llega a lo más profundo de nuestro ser, ya sean cuentos maravillosos, divertidos o de miedo, cuentos para pensar, para aprender cosas o para pasar el rato, vengan de aquí al lado o hayan viajado desde la otra punta del mundo.

Me gusta pensar que los libros son los lugares donde esos cuentos descansan, sumidos en un sueño que puede durar muchísimo tiempo, y que las personas que nos dedicamos a contarlos, los sacamos de su reposo y los lanzamos al aire, para que vuelen de nuevo. Los cuentos de tradición oral precisan de la palabra hablada para permanecer vivos, porque viven en la voz. Necesitan voces y oídos que les den vida, porque nacieron así.

Echar cuentos a volar.

Sí, es un buen trabajo.